El Partido Popular y el sistema
de valores predominante en la sociedad española está coartando de manera
alarmante la posibilidad de discrepar y opinar marcando umbrales
ideológicos a la libertad de expresión
Antonio Maestre
Paul Robeson cantando el himno americano a los trabajadores en huelga de los trabajadores de los astilleros Moore, Oakland.
“Va Miguel Angel Blanco por el bosque acompañado de un etarra y le dice:
-Qué miedo, ¿no?
-Y me lo vas a decir a mí, que tengo que volver solo.”
[1]
Recuerdo que me contaron ese chiste un día después del terrible
asesinato del joven concejal del PP. Fue uno de esos momentos en los que
todos recordamos qué hacíamos en el preciso instante en que anunciaron
el terrible crimen por televisión. Un golpe devastador y, sin embargo,
cuando me contaron el chiste en la calle al día siguiente sonreí con el
gesto torcido consciente de que era un poco cruel y no estaba bien
hacerlo. Es el humor negro. En eso consiste. En hacerte reír a la vez
que te incomoda. Nadie creía en aquel momento, con ETA segando la vida
de gente inocente, que hacer chistes o expresar de forma irónica una
opinión, o mostrar ideas transgresoras pudieran hacerte acabar frente a
un juez y ser condenado.
César Strawberry ha sido el último en caer en el error de considerar que España no estaba en una deriva prefascista que persigue el pensamiento.
El último artículo que escribí sobre el derecho a celebrar la muerte de
Carrero Blanco
tuvo que pasar por las manos de nuestra abogada. Antes de eso tuve que
reescribirlo dos veces porque consideré que lo que allí decía podía
llevarme frente a un tribunal. Tuve que decir lo mismo sin decirlo,
extremando el cuidado en el uso de las palabras y contextualizando todo
lo que pude, como si el contexto sirviera en la ola autoritaria que la
fiscalía del insigne
Javier Zaragoza está llevando a
cabo desde su sillón de la Audiencia Nacional. Su primer objetivo está
conseguido; ha logrado inculcar miedo en las palabras. Que midamos de
forma extemporánea lo que sale de nuestras letras.
La persecución que la judicatura más reaccionaria está llevando a
cabo contra la libertad de expresión tiene una clara finalidad: la
intimidación de la disidencia y el mantenimiento de una superioridad
moral basada en el establecimiento de límites muy estrictos para la
ideología contraria y laxos para la propia. Unos límites basados en la
categorización en diferentes niveles de las víctimas: las víctimas de
ETA, en el nivel más alto del escalafón,
siempre y cuando sigan la línea política marcada por la derecha,
y las del franquismo, en el escalafón más bajo. En los niveles
intermedios se sitúan todos aquellos colectivos de víctimas que no
pueden ser patrimonializados políticamente por los conservadores, las
del Yak42, las del Metro de Valencia, o las del accidente del tren de
Santiago, entre otras.
El Partido Popular y el sistema de valores predominante en la
sociedad española está coartando de manera alarmante la posibilidad de
discrepar y opinar marcando umbrales ideológicos a la libertad de
expresión. Una situación favorecida por la connivencia de los medios de
comunicación tradicionales que toleran esos ataques sistemáticos [y
sistémicos] en nuestro país mientras acuden a denunciarlos allende los
mares por espurios intereses políticos y económicos. Los delitos de
opinión se han visto incrementados de forma dramática con un claro
interés ideológico y partidista. A los conservadores les interesa
mantener vivo el fantasma de ETA y así utilizarlo como enemigo interno
que sirva para reprimir ideas y personas.
Las sentencias condenatorias por enaltecimiento y apología del
terrorismo se han visto incrementadas, de forma indefendible por
cualquier observador externo, desde el final de la violencia de ETA.
Desde octubre de 2011, año en el que la banda terrorista anunció el cese
de la actividad armada y del terror, se han producido
30 sentencias por enaltecimiento y apología del terrorismo;
la mayoría por comentarios en las redes sociales de gente sin relación
con la banda terrorista. En los ocho años anteriores al final de ETA y
mientras la organización terrorista asesinó a 12 personas sólo se
produjeron 16 condenas por estos motivos.
La situación actual no está lejos de replicar la época del
macarthismo
en EEUU. El Comité de Actividades Antiamericanas se encargó entre los
años 1949 y 1958 de perseguir a la disidencia de izquierdas y a todo
aquel que tuviera ideas comunistas o próximas a ellas. En periodos
anteriores amparados en la
Smith Act se llegó a condenar a miembros del Partido Comunista Americano (CPUSA) como
Eugenne Dennis y William Foster a 5 años de cárcel por delitos tales como poseer el
Manifiesto comunista
o citar a Karl Marx. Los últimos movimientos de la Fiscalía y algunos
tribunales de justicia españoles se asimilan al proceder de los peores
años de la persecución del pensamiento en EEUU; una represión política
de las ideas inmersa en una sociedad en la que se presumía de
libertades.
Paul Robeson fue uno de los juzgados y denostados
por sus ideas políticas. Un cantante de soul negro, además de actor y
activista por los derechos civiles, que había conseguido labrarse una
carrera de abogado en la América de la segregación racial y que tuvo el
arrojo de mandar a estudiar a su hijo a una universidad de la URSS.
Defensor a ultranza de los derechos de los trabajadores, fue
miembro de la Brigada Lincoln en la Guerra Civil Española. Una vida demasiado sospechosa en los EEUU del senador McCarthy.
Cuando Robeson tuvo que acudir al Comité de Actividades
Antiamericanas a declarar fue interrogado por el diputado republicano
Gordon Harry Scherer, que le cuestionó por su amor e interés por la
URSS. Paul Robeson le contestó que allí, en la URSS, nunca se había
sentido rechazado por su color de piel. La repregunta de Scherer sonará
mucho en nuestro país por lo habitual que es escucharla pero cambiando
el destino al que irse. La respuesta de Robeson no es necesaria
comentarla.
Gordon. H. Scherer: ¿Por qué no se quedó en Rusia?
Paul Robeson: Porque mi padre fue un esclavo, y mi
gente murió para construir este país, y yo me voy a quedar aquí, y voy a
ser parte de este país tanto como usted. Y ningún fascista me forzará a
irme. ¿Está claro? Apoyo la paz con la Unión Soviética, apoyo la paz
con China, y no apoyo la paz ni la amistad con el fascista Franco, y no
apoyo la paz con los nazis alemanes. Yo apoyo la paz con la gente
decente.
No es tiempo de guardar silencio. Todos los que mantienen posiciones
críticas con el sistema político actual conocen ciudadanos que tienen
miedo a expresarse en redes sociales, que miden al detalle sus palabras,
que aconsejan a sus familiares que tengan cuidado con lo que escriben
en sus perfiles no vayan a transgredir la línea ideológica marcada por
la fiscalía de actividades antiespañolas. La deriva autoritaria y
regresiva que estamos viviendo en España precisa la repulsa más absoluta
de todos los que defienden las libertades. Paul Robeson tenía claro lo
que era preciso hacer cuando el momento histórico sólo daba dos opciones
y así lo expresa la frase de su epitafio: “El artista debe elegir
luchar por la libertad o por la esclavitud. Yo he hecho mi elección. No
tenía alternativa”.